A 60 años del golpe a la honestidad
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Había una tortuga. Los dibujantes de la revista Primera Plana la usaban semana a semana para burlarse de Arturo Illia: lenta, anacrónica, sin reflejos para los tiempos veloces que corrían. La Argentina de 1963 era un país que se creía moderno, que miraba a Kennedy con admiración y al desarrollismo con esperanza. Y en ese escenario apareció este médico de Cruz del Eje, con sus anteojos redondos, su voz pausada y su costumbre de no apurarse para nada, a presidir la nación.
Lo que pocos contaron en aquel momento —y que la historia tardó décadas en reivindicar— es que la tortuga tenía razón y los que se reían de ella, no.
La declaración jurada que incomodó al poder
Cuando Arturo Illia presentó su declaración jurada de bienes al asumir la presidencia, el 12 de octubre de 1963, el documento produjo un silencio incómodo en ciertos círculos. No porque hubiera algo sospechoso en ella, sino exactamente por lo contrario: no había casi nada.
Un presidente de la República Argentina declaraba como patrimonio un consultorio médico modesto en Cruz del Eje, Córdoba, algunos ahorros que no llegaban a impresionar a nadie y los instrumentos de su oficio. No tenía campos, no tenía acciones, no tenía sociedades anónimas con nombres creativos. Illia era lo que decía ser: un médico de pueblo que había llegado a la política por vocación, no por ambición de riqueza.
Era una declaración que, en el contexto de la política argentina, resultaba casi subversiva por su honestidad. Muchos de quienes lo rodeaban en el mundo del poder —militares, empresarios, operadores— no sabían bien cómo interpretar a un hombre que, sencillamente, no tenía nada que ocultar. Eso, en Argentina, generaba desconfianza. La probidad, cuando es tan evidente, suele parecer ingenuidad.
Gobernar despacio en un país impaciente
Illia gobernó como operaba en su consultorio: escuchando primero, pensando después, actuando último. Para sus críticos, eso era parálisis. Para sus defensores, era prudencia. La historia, con el tiempo, se inclinó hacia los segundos.
Durante su gestión anuló los contratos petroleros que el gobierno de Frondizi había firmado con empresas extranjeras —una decisión que le granjeó el odio eterno de ciertos sectores pero que respondía a una convicción hondamente radical sobre la soberanía de los recursos naturales. Impulsó la Ley Oñativia, que regulaba los precios de los medicamentos y sacudió los intereses de los laboratorios multinacionales. Redujo la deuda externa. Los salarios reales subieron. El PBI creció. Los números, esos que la prensa de entonces ignoraba, le daban la razón.
Pero Argentina no miraba los números. Miraba la tortuga. Y la tortuga no era fotogénica.
El peronismo seguía proscripto —herencia de la Revolución Libertadora— lo cual le quitaba legitimidad de origen a cualquier gobierno del período. Los sindicatos le hacían la guerra. Los militares lo toleraban apenas. La prensa —financiada en parte por intereses que él había lastimado con sus políticas— lo caricaturizaba sin piedad. Y el propio Illia, que nunca entendió del todo el poder de la imagen, seguía yendo a trabajar en un Fitito, atendiendo a cualquiera que llegara a la Casa Rosada sin cita previa, durmiendo sus horas y comiendo sin protocolo.
La noche del 28 de junio de 1966
El golpe llegó en la madrugada, como siempre llegaban los golpes en Argentina. Los tanques se movieron, los cuarteles se activaron, y el general Juan Carlos Onganía —hombre de traje gris y temperamento de granito— encabezó lo que los militares bautizaron pomposamente como "Revolución Argentina", eufemismo que en el Río de la Plata designaba lo que en cualquier otra parte del mundo se llama simplemente por su nombre: un golpe de Estado.
Illia estaba en la Casa Rosada. Se negó a irse.
Es uno de los episodios más reveladores de su carácter. Mientras los jefes militares esperaban que el presidente simplemente recogiera sus cosas y desapareciera con la discreción que la situación —según ellos— requería, Illia se sentó en su despacho y esperó. No huyó. No negoció. No pidió garantías. Dijo que era el presidente constitucional de la Argentina y que de ahí no se iba por las buenas.
Fue necesario que la Guardia de Infantería ingresara físicamente al edificio para sacarlo. Las imágenes de esa madrugada —Illia caminando despacio entre los uniformes, sin apresurarse, con esa calma que sus enemigos habían leído como lentitud y que en ese momento se revelaba como temple— son de las más elocuentes de la historia política argentina. Un hombre de sesenta y cuatro años, sin armas y sin poder, haciendo que los que sí tenían armas y poder parecieran los pequeños.
"Están cometiendo un grave error", dicen que dijo, o algo parecido, antes de salir. No como amenaza. Como diagnóstico. El médico rural haciendo su última consulta.
Lo que quedó después
Onganía gobernó hasta 1970, cuando fue desplazado por sus propios pares. La "Revolución Argentina" derivó en caos, represión y el Cordobazo. Los laboratorios recuperaron sus precios. La deuda externa volvió a crecer. El país que los golpistas prometían modernizar y ordenar entró en una de las espirales más violentas de su historia.
Illia volvió a Cruz del Eje. Volvió a atender enfermos. Siguió militando en la UCR sin estridencias. Murió en 1983, el mismo año en que Argentina recuperó la democracia, como si hubiera esperado verlo antes de irse.
En 1983, cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones y la gente salió a la calle a festejar, muchos recordaron al hombre del Fitito, al médico de la declaración jurada sin sorpresas, al presidente al que sacaron cargado porque no quiso correr. La historia tardó años en devolverle lo que los caricaturistas le habían quitado en semanas.
La tortuga había ganado. Simplemente, nadie lo vio a tiempo.
Hoy muchos soñarían con un presidente honesto como Arturo Illia: un hombre que llegó a la Casa Rosada con más patrimonio del que tenía cuando se fue.
Se retiro en un taxi, derrocado por Onganía y sus generales. Pero su mayor legado no fueron los bienes materiales, sino una honestidad que el tiempo terminó reivindicando.
Por Armen Grigorian



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