¿A cuanto la tortafrita doctor?
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Nada parece imposible en este mundo actual, donde la generación de ingresos se ha convertido en la ley suprema y donde quienes brindan servicios públicos suelen ser tratados como ciudadanos de segunda. Al menos así los consideran algunos sectores que se creen dueños del nuevo mundo, uno que, por ahora, parece existir más en las redes sociales que en la vida real.
Tras años de desilusiones, frustraciones e injusticias, surgieron nuevos líderes que, con el discurso de terminar con una supuesta falsa justicia social, llegaron al poder en distintos países, entre ellos la Argentina. El hartazgo que dejaron los gobiernos anteriores fue tan profundo que muchos nunca se detuvieron a analizar en detalle las propuestas de quienes prometían poner orden en medio de un caos económico gigantesco, con una inflación que llegó a rondar el 10% mensual en los últimos meses del kirchnerismo.
Treinta meses después, la realidad de gran parte de la clase trabajadora muestra un panorama muy diferente al esperado. Más allá de las discusiones políticas, hay un dato que se repite en prácticamente todas las encuestas: la pérdida del poder adquisitivo. Traducido al lenguaje cotidiano, millones de argentinos sienten que simplemente no llegan a fin de mes.
Lo más preocupante es que todavía existen sectores de la sociedad que, en su defensa incondicional de los gobiernos de turno, terminan atropellando cualquier intento de aplicar el sentido común. Hace no mucho tiempo, la frase presidencial que afirmaba que “los docentes trabajan cuatro horas y tienen muchas vacaciones” era celebrada por quienes hoy acompañan sus reclamos salariales y marchan junto a ellos. Entonces, ¿en qué quedamos?
Uno de los sectores que más creció en los últimos años es el de la venta de comida elaborada desde los hogares. El delivery atraviesa un verdadero boom y, aunque algunos puedan considerarlo una muestra de capacidad emprendedora, también refleja una realidad preocupante. No existen muchos antecedentes en el mundo de docentes universitarios que, en lugar de dedicar su tiempo libre a preparar clases, corregir exámenes o capacitarse, deban amasar tortas fritas o elaborar panificados para complementar sus ingresos.
La situación no se limita a la educación. También hay empleados estatales que, una vez terminada su jornada laboral, manejan aplicaciones de transporte o realizan otras actividades para sumar dinero. Poco importa si llegan agotados a su trabajo principal o si eso afecta la calidad del servicio que prestan. La prioridad es otra: llegar a fin de mes.
Algunos dirán que esta es la consecuencia de lo que votó la mayoría. Otros sostendrán que se trata de una mirada parcial o interesada. Pero más allá de cualquier posicionamiento político, vale la pena detenerse un instante y hacerse algunas preguntas. ¿Qué tipo de educación queremos para nuestros hijos? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? ¿Una donde el dinero sea el único valor que importe? ¿Más importante que la honestidad, la amistad, el amor o la familia?
Hay dos pilares fundamentales que deberían encabezar la resistencia frente a un mundo cada vez más desigual: la educación y la justicia. Fortalecer ambos sectores es esencial para construir una sociedad con mayor equilibrio, más oportunidades y un sentido común basado en valores compartidos.
Necesitamos docentes en las escuelas, médicos en los hospitales y policías en las calles. Necesitamos también una justicia que funcione para todos. Solo así podremos aspirar a una Argentina donde cualquier trabajador, después de cumplir con su jornada laboral, pueda volver a su casa sin la angustia permanente de preguntarse cómo hará para llegar a fin de mes.



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