Defender lo indefendible en un momento de mucha fragilidad
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Cuando parecía que este 2026 se encaminaba a ser el mejor año del gobierno de Javier Milei —tras el triunfo en las elecciones parlamentarias y con un Congreso más favorable irrumpieron los imprevistos que, cíclicamente, sacuden a la Argentina.
En el plano político, Milei había logrado quebrar la hegemonía kirchnerista, avanzando hacia acuerdos sólidos con gobernadores y sectores dialoguistas de la oposición. El contexto internacional también empujaba en esa dirección: buena parte del arco político buscaba alinearse con el “aliado preferencial” de Donald Trump, quien no dudó en respaldar financieramente al país durante la campaña del año pasado.
La política doméstica siempre mira a las embajadas. Negarlo es desconocer la dinámica real del poder, donde la rosca internacional impacta inevitablemente en la agenda local.
Sin embargo, lo que hasta hace poco era la principal fortaleza del gobierno se transformó, de manera abrupta, en su mayor problema económico. La escalada bélica en Medio Oriente con la intervención de Estados Unidos e Israel contra Irán alteró la aparente estabilidad conseguida. La inflación, que el oficialismo mostraba como su logro más contundente, volvió a convertirse en una amenaza.
En los últimos meses, los números muestran una tendencia preocupante:
* Agosto 2025: 1,9%
* Septiembre 2025: 2,1%
* Octubre 2025: 2,3%
* Noviembre 2025: 2,5%
* Diciembre 2025: 2,8%
* Enero 2026: 2,9%
* Febrero 2026: 2,9%
* Marzo 2026: 3,4%
Para un país acostumbrado a la remarcación por incertidumbre o por especulación, el rebrote inflacionario no es un dato menor. Más allá del impacto de la suba internacional del petróleo, lo cierto es que los precios vienen en alza desde hace varios meses. El Gobierno atribuye este fenómeno, primero, al llamado “riesgo kuka” y luego a las consecuencias de la guerra sobre los costos energéticos.
Mientras tanto, todas las encuestas coinciden en un punto: el principal problema de los argentinos sigue siendo no llegar a fin de mes. En ese contexto, la aceleración inflacionaria golpea de lleno el corazón del proyecto económico de Milei, quien había proyectado una inflación cercana a cero para agosto de este año.
El impacto no tardó en trasladarse al plano político. A un año de las elecciones, todo el sistema comenzó a reacomodarse. Los oficialismos buscan sostenerse; la oposición, reorganizarse. Nada nuevo en la lógica del poder argentino.
Las internas, sin embargo, ya están en plena ebullición. Y en el caso del oficialismo, con un agravante: la falta de experiencia y la virulencia de sus disputas. El caso Adorni expone esa fragilidad. Más allá de su desenlace judicial, el daño político ya está hecho. Su credibilidad quedó erosionada incluso dentro del propio espacio, aunque el presidente lo sostenga para evitar mostrar debilidad.
No es la primera vez que ocurre. Ya pasó con José Luis Espert: las tensiones internas terminan, tarde o temprano, pasando factura. La disputa entre Santiago Caputo y Karina Milei aparece hoy como uno de los principales focos de conflicto dentro del oficialismo.
A esto se suma el frente externo. La política internacional, otra vez, condiciona. Los aliados de ayer pueden convertirse rápidamente en factores de presión. Las embajadas empiezan a moverse y, como siempre, aparecen versiones sobre planes alternativos. De cara a 2027, el tablero ya comenzó a reconfigurarse.
En este escenario, Milei intentó recuperar la iniciativa impulsando su agenda parlamentaria, con la reforma electoral como bandera. Sin embargo, la combinación de tensiones económicas y conflictos internos debilitó su capacidad de negociación. Los sectores dialoguistas endurecen posiciones y el clima social suma presión, con una nueva marcha universitaria en el horizonte.
El presidente, además, volvió a mostrar signos de irritación: enfrentamientos con la oposición, críticas a periodistas y ataques a los medios. Un tono que parecía haber quedado atrás, pero que reaparece en momentos de dificultad.
La defensa cerrada de su entorno especialmente de Manuel Adorni refleja más una necesidad política que una convicción estratégica. “No puedo entregar a mis soldados”, repiten cerca suyo. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿hasta qué punto sostener nombres propios fortalece o debilita al proyecto?
Es momento de que el Milei presidente se imponga sobre el Milei dirigente. La Argentina atraviesa una etapa de fragilidad económica e institucional que exige templanza, claridad y conducción. De lo contrario, lo que hoy es una crisis manejable puede transformarse en un deterioro difícil de revertir.
Porque, al final, ya no se trata de Adorni. Se trata del rumbo. Y del propio Milei.



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