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Los verdaderos dueños de la pelota

  • hace 19 horas
  • 4 Min. de lectura

Un 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, decidimos hablar de fútbol. Justo cuando la comisión directiva de la AFA y buena parte de la dirigencia optaron por esconder la pelota en medio de un fin de semana saturado de otras noticias que, en apariencia, nada tienen que ver con el deporte. Pero no. En realidad, todo está conectado. Y para entenderlo hay que desmenuzar lo que ocurre en el universo donde se mueven los verdaderos propietarios de la pelota.

El recorrido de esta editorial comienza en nuestro país, donde la patronal del fútbol decidió paralizar la actividad. ¿Alguien pensó realmente que los dueños de la pelota son los jugadores? ¿Todavía hay quienes creen que el fútbol pertenece a los hinchas? ¿De verdad?


El hombre más poderoso del fútbol argentino resolvió recordarle al país quién manda. Paro, suspensión de la fecha, la inesperada aparición de Nahuel Gallo desde Venezuela y una cumbre con los dirigentes del interior en Córdoba para impulsar un nuevo torneo federal. Claudio “Chiqui” Tapia logró en apenas una semana lo que muchos dirigentes no consiguen en años: mover todas las piezas del tablero y dejar en evidencia a un sector del gobierno que intentaba condicionarlo.

En los próximos meses se sabrá si el cambio en el Ministerio de Justicia de la Nación guarda alguna relación con las causas que orbitan alrededor de Tapia y Pablo Toviggino, este último señalado como supuesto propietario en las sombras del canal Carnaval, desde donde habrían surgido las conversaciones de Spagnolo y la instalación mediática del famoso “3%” que algunos le atribuyeron a la hermana del presidente.

En ese contexto, una conclusión parece imponerse: en la Argentina, el dueño de la pelota es Chiqui Tapia. Hizo prácticamente todo lo que quiso y solo le faltó un gesto final: viajar personalmente a Venezuela para traer al gendarme. No se lo permitieron. En su lugar envió a Luciano Nakis —uno de sus hombres de máxima confianza—, quien viajó en avión privado y regresó con Gallo como si se tratara de un trofeo político.

El episodio dejó expuestos a varios actores del poder: Patricia Bullrich, su reemplazo en el ministerio, Luis Petri y su sucesor, y también a Santiago Caputo. El llamado “mago del Kremlin” pareció no comprender lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, pocos días después todas las piezas comenzaron a acomodarse.

Hubo cambios en el Ministerio de Justicia. El nuevo funcionario designado por Karina Milei es Juan Bautista Mahiques, vicerrector de la Universidad de la AFA. Su hermano integraba hasta hace poco el Tribunal de Disciplina de la AFA y el flamante ministro también es miembro de la Comisión de Ética de la CONMEBOL. El mismo que alguna vez alquiló la quinta atribuida a Toviggino para celebrar el cumpleaños de su padre.

La pregunta, entonces, vuelve a plantearse con inevitable insistencia:

¿Quién es realmente el dueño de la pelota en la Argentina?



Mientras tanto...

Donald Trump tiene una característica conocida: cuando desea algo, tarde o temprano termina consiguiéndolo. Esta vez, sin bombardeos ni presiones diplomáticas.

El hombre que se autopercibe como el líder más poderoso del planeta logró lo que buscaba: la foto con Lionel Messi. Ya tenía una con Cristiano Ronaldo y ahora sumó al astro argentino a su galería personal de símbolos globales. Incluso se permitió un detalle cargado de gestualidad política: dejar a Messi en segundo plano mientras ingresaba al salón de conferencias de la Casa Blanca.

¿Quién gestionó ese encuentro? No hay confirmaciones oficiales, pero sí abundan las conjeturas.

Entre ellas aparece inevitablemente un episodio reciente: la cena de Claudio Tapia en Miami con uno de los lobistas más influyentes del entorno político de Trump. Fue a comienzos de diciembre, cuando el presidente de la AFA compartió mesa en el exclusivo club privado del magnate estadounidense.

Las coincidencias, a veces, dicen más que las explicaciones.

Y entonces la pregunta vuelve a emerger:

¿Quién es el dueño de la pelota? ¿También en América Latina?


La frutilla del postre

La Finalissima estaba programada para disputarse en Catar, pero el escenario internacional volvió a poner todo en duda. La escalada bélica en Medio Oriente y el conflicto con Irán amenazan con alterar el evento futbolístico más relevante del primer trimestre del año, el que debería enfrentar a las dos selecciones más dominantes del momento: España y Argentina.

Si se tratara de cualquier otro espectáculo global, probablemente el partido ya habría sido suspendido. Pero se trata de fútbol. Ese juego aparentemente simple en el que veintidós profesionales corren detrás de una pelota intentando enviarla al fondo del arco rival.

Sin embargo, conviene no confundirse: el fútbol hace tiempo dejó de ser solo un juego. Ninguno de los que pisan el césped es más importante que el gigantesco negocio que gira alrededor del balón.

Por ahora, el partido del 27 de marzo sigue en pie. Y la voluntad de disputarlo parece inquebrantable, aun en medio de bombardeos, víctimas civiles y una catástrofe humanitaria que sacude a la región.

¿Alguien les preguntó a los jugadores o a los hinchas qué opinan?

Probablemente no haga falta. La respuesta es evidente: las decisiones no las toman ellos.

Las toman los verdaderos dueños de la pelota. Aquí, allá y más allá.

Negocios, poder e intereses.

Por eso, después de un año y medio apareció Nahuel Gallo. ¿O acaso alguien dudaba de que, si Donald Trump se lo pedía a la presidenta de Venezuela, el gendarme argentino no iba a aparecer antes?

También por eso los cubanos pudieron ver una escena cargada de simbolismo: Trump junto al dueño del Inter Miami, el empresario cubano-estadounidense Jorge Mas, y el ídolo latinoamericano Lionel Messi, escuchando al presidente de Estados Unidos referirse al ocaso del régimen castrista. Dos días después, en las calles de La Habana, comenzaron nuevas protestas contra el gobierno por los cortes de energía. Todo esto también es fútbol.

El fútbol de los que juegan con la pelota. Y el de quienes juegan con los que saben jugar con ella.

Los verdaderos dueños de la pelota.



Por Armen Grigorian




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