"No llegar a fin de mes" mata a la batalla cultural, sobre todo en este mundo frágil, diseñado por el protector de Milei

El mayor riesgo político del siglo XXI no es una ideología en particular, sino el unipersonalismo: la construcción de sistemas de poder que dependen casi exclusivamente de una sola figura. Donald Trump encarna como pocos este fenómeno. No gobierna una idea, no gobierna un partido, no gobierna un programa: gobierna una persona. Y cuando eso ocurre, la democracia deja de ser un sistema y pasa a ser una apuesta.
Trump convirtió la política en extensión de su personalidad. Las instituciones dejaron de ser árbitros para transformarse en obstáculos. La verdad pasó a ser un relato propio, mutable según conveniencia. En ese esquema, el mundo no discute políticas públicas: discute estados de ánimo.
El problema no es solo lo que Trump hace en vida política, sino lo que deja instalado. Porque el unipersonalismo no construye relevos, no forma cuadros, no acepta sucesores.
¿Qué puede pasar si Trump muere? El trumpismo sin Trump sería una fuerza sin cabeza, pero con músculo, resentimiento y narrativa victimista.
El mundo ya vio este patrón. Líderes que concentraron poder, relato y sentido terminaron dejando sociedades partidas, instituciones debilitadas y conflictos abiertos. El problema no es la desaparición del líder, sino lo poco que queda en pie cuando se va.
Argentina no está ajena a este riesgo. Además de la dependencia de Trump, Javier Milei también se apoya en una lógica unipersonal: confrontación permanente, desprecio por los intermediarios políticos, demonización del Estado como concepto y una narrativa que divide entre “casta” y “gente de bien”.
El unipersonalismo no deja herederos, deja huérfanos. No construye futuro, construye dependencia.
El mundo transita cambios permanentes y lo que sucede ahora no es un momento aislado: es apenas la aceleración tras la curva o la bajada después de la subida. Hoy nos quieren vender un cambio forzado de época y de sistema, cuando en realidad todo comenzó hace muchos años y simplemente hemos llegado al punto máximo de una manera descabellada.
Cuando uno se sube por primera vez a una montaña rusa, ante el vértigo algunos disfrutan mientras otros sufren. Te dicen que es una sensación única, que la adrenalina es hermosa, pero lo único que realmente te gusta es poder contarlo después. Porque la verdadera sensación es un "cagazo" infernal.
Pero antes hay un camino hacia la montaña rusa. Hay momentos en los que uno se cansa de lo habitual, de la rutina, y necesita experimentar algo nuevo. Ahí llega un amigo que te habla de la montaña rusa.
La farsa del Estado inútil
Argentina, además, atraviesa otra gran mentira que solo se cree el presidente y unos cinco mil internautas que se dedican a comentar de manera totalmente estúpida en las redes sociales.
Hace dos años que se achica el Estado con el argumento de hacerlo más eficiente, y no lo logran. Sesenta mil despidos —sesenta mil sueldos— no hicieron otra cosa que provocar dolor en sesenta mil familias para que cinco mil usuarios festejen el “logro” sin mirar el resultado final.
¿El superávit se lograba con esos despidos o con el ajuste de los sueldos? Porque, con las importaciones liberadas, el ajuste salarial y el incremento descomunal del precio de los servicios públicos, la industria cayó de forma desastrosa. Los sectores textil y metalúrgico atraviesan su peor momento desde la pandemia.
No es verdad que el Estado sea el enemigo. Hay sectores del Estado que son el cáncer del sistema y que deben ser extirpados. Pero el 95% son personas decentes, que cumplen con sus tareas, que nacieron para vivir sin miedo y que no merecen que ningún imbécil los maltrate por el solo hecho de trabajar en el Estado. “Yo te pago el sueldo”, dicen algunos de estos maltratadores que supuestamente pagan impuestos, no entregan facturas y solo saben gritar: “¡Con la mía no!”. ¿Y cuál es la tuya? la que te pagó el cliente que no sabemos de dónde cobra su sueldo. ¿Saben esta gente que muchas de las ganancias de las empresas vienen de los contratos con el estado? ¿Hace falta dividir a la sociedad de esta manera? Las personas, sean trabajadores del estado o privados, son catalogadas por buenos ciudadanos, honestos y buenos padres de familia, excelentes amigos o hijos, pero nunca deben ser diferenciados por trabajar en estado o privado. Es una compulsa mentirosa. No es socialismo vs capitalismo. Es enfrentar al trabajador vs trabajador. Una mentira del nuevo relato estúpido.
Parece que estos personajes, mayoritariamente habitantes de las redes sociales, han instalado ese miedo en personas que nunca evadieron impuestos, que trabajaron, criaron hijos y solo quieren vivir en un país justo.
¿Y qué es la justicia social, tan odiada por Milei y sus cinco mil seguidores? La respuesta parece imposible de descifrar, por eso es mejor explicar cuál es su verdadero sentido en un país democrático y republicano.
Nos lo enseñaron nuestros padres, abuelos y antepasados. Lo sabemos desde la cuna: no puede haber un país normal y justo con personas que trabajan entre ocho y diez horas por día y no llegan a fin de mes. El mensaje que esa realidad deja a los hijos y a las futuras generaciones es aterrador: “Buscate otra cosa que no sea trabajo, porque trabajar no sirve”. Es la cruda realidad. El resto es verso.


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