Para la política ya no es tan fácil engañar a la gente

Pandemia y pospandemia: el electorado aprendió a leer entre líneas
Durante la pandemia ocurrió un fenómeno silencioso pero profundo: millones de personas, confinadas, hiperconectadas y expuestas a una avalancha de información, desarrollaron un músculo que hasta entonces parecía atrofiado en la vida pública: el análisis crítico. No fue el resultado de una política pública ni de una campaña educativa, sino de la necesidad. La ciudadanía comenzó a contrastar datos, comparar discursos, detectar contradicciones y, sobre todo, a desconfiar de las respuestas fáciles.
Ese cambio todavía se siente. Hoy los lectores —y votantes— ya no consumen el discurso político de manera pasiva. Analizan titulares, rastrean antecedentes, revisan archivos y recuerdan promesas. La memoria social se volvió más larga y la paciencia, más corta. La pandemia dejó una enseñanza clave: detrás de cada afirmación hay consecuencias reales, y el costo de creer a ciegas puede ser demasiado alto.
Para la dirigencia política, este escenario plantea un desafío ineludible. Las viejas fórmulas ya no alcanzan. Las consignas vacías, los slogans reciclados y las explicaciones simplistas se desarman rápidamente frente a una audiencia entrenada para leer entre líneas. La exageración burda y la mentira evidente ya no generan adhesión: generan memes, hilos críticos y rechazo.
Si el objetivo sigue siendo convencer al electorado, el esfuerzo deberá ser mayor. Paradójicamente, algunos parecen optar por “mentiras más creativas”: relatos más sofisticados, ambiguos, envueltos en tecnicismos o en épicas cuidadosamente diseñadas. Sin embargo, incluso ese recurso tiene fecha de vencimiento. La creatividad sin sustento se detecta; la puesta en escena sin coherencia se agota.
Incluso puede decirse que hoy el electorado elige a quién preferiría creerle la mentira. El ejemplo más claro fueron las últimas elecciones en la Argentina. Ganó una fuerza política que aplicó un ajuste brutal y que no mejoró de manera significativa la vida cotidiana de la mayoría, pero triunfó porque el electorado decidió no volver a elegir a quienes venían mintiendo desde hacía años. Optó, una vez más, por los “nuevos”, que llevan apenas dos años de gestión.
Todos saben que los salarios y las jubilaciones no alcanzan. Sin embargo, una parte del electorado elige aceptar el relato oficial que afirma que los ingresos aumentaron. No necesariamente porque lo crea, sino porque prefiere esa mentira antes que la anterior, que dio sobradas muestras de fracaso. Resta saber si dentro de dos años la historia se repetirá. El gobierno actual transita, lentamente, el camino de convertirse en aquello que prometió superar: algo viejo.
La lección es clara: en un mundo de lectores más atentos, la política ya no puede seguir subestimando la inteligencia colectiva. No se trata de inventar mejor, sino de explicar mejor. No de ocultar, sino de argumentar. El verdadero desafío no es engañar a una ciudadanía más analítica, sino estar a la altura de ella.
Porque después de la pandemia, algo cambió para siempre: el poder del análisis dejó de ser patrimonio de expertos y pasó a manos de la gente. Y eso, para bien o para mal, redefine las reglas del juego democrático.


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