Política con bótox y humor

Tras dos semanas sin Nicolás Maduro al frente de Venezuela, el planeta ha experimentado sucesos irrelevantes pero muy bien presentadas en titulares brillantes de los diarios más importantes del mundo.
Resuelto —o mejor dicho, estirado— el “tema Maduro”, el mundo respiró aliviado. Las arrugas del conflicto venezolano fueron suavizadas con una dosis generosa de bótox diplomático: cara nueva, mismo cuerpo cansado.
Pero como todo tratamiento estético tiene fecha de vencimiento, alguien tenía que pensar en el plan B. Y ahí apareció Donald Trump, siempre creativo cuando se trata de geopolítica de fantasía.

Según esta lógica quirúrgica del poder, una vez aplicado el bótox al problema Maduro, Trump habría decidido subir la apuesta estética: nada de cárceles comunes ni procesos largos. La idea —siempre en clave de humor— sería trasladar a Nicolás Maduro a cumplir su condena en Groenlandia, la isla más grande del mundo, ideal para que los conflictos queden bien lejos… y congelados.
Porque si algo enseña la política moderna es que cuando un problema no se puede resolver, se maquilla; y cuando vuelve a aparecer, se lo muda.
Así funciona el bótox global:
no cura,
no transforma,
solo estira el cuero lo suficiente para que parezca que algo cambió.
Mientras tanto, los problemas reales siguen debajo de la piel… esperando que se pase el efecto.
¿A quién le tocará aplicar el botox próximamente?


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