¿Puede el fracking provocar terremotos? La pregunta que vuelve a incomodar a la industria petrolera
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La expansión del fracking vuelve a poner sobre la mesa una discusión que genera controversia en todo el mundo: ¿hasta dónde puede la actividad humana modificar el comportamiento de la Tierra?
El debate cobró fuerza después de los recientes terremotos registrados en Sudamérica y, especialmente, tras el sismo de magnitud 7,4 que sacudió Colombia. La discusión también tiene una dimensión política: el nuevo gobierno colombiano anunció su intención de habilitar el desarrollo del fracking, una técnica que hasta ahora no se había utilizado en el país.
¿Qué dice la ciencia?
La respuesta no es sencilla. Existe evidencia científica de que determinadas actividades vinculadas con la explotación de hidrocarburos pueden generar sismicidad inducida, es decir, movimientos sísmicos provocados o favorecidos por actividades humanas.
El fracking consiste en inyectar a gran presión agua, arena y otros productos a grandes profundidades para fracturar las rocas y permitir la extracción de petróleo y gas. Esa intervención modifica las condiciones de presión dentro del subsuelo.
Pero hay una diferencia fundamental: no todos los terremotos asociados a la industria petrolera son provocados directamente por el fracking.
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sostiene que la mayoría de los terremotos inducidos registrados en ese país están relacionados con la inyección de aguas residuales provenientes de la producción de petróleo y gas, y no directamente con la fracturación hidráulica.
Una actividad capaz de generar pequeños sismos
Durante el propio proceso de fracturación hidráulica se producen deliberadamente pequeños movimientos sísmicos, generalmente de magnitud inferior a 1, como consecuencia de la ruptura de las rocas.
El problema aparece cuando la presión generada por la actividad industrial interactúa con fallas geológicas preexistentes.
El USGS reconoce que el fracking ha sido relacionado con terremotos de mayor magnitud. En Estados Unidos, el mayor terremoto documentado directamente asociado a esta técnica fue de magnitud 4,0 y ocurrió en Texas en 2018.
En China, según la base de datos Human-Induced Earthquake Database citada por RT, el mayor sismo registrado en relación con fracking alcanzó una magnitud de 5,4 en 2021.
El dato que alimenta la polémica
La Human-Induced Earthquake Database registra 1.377 proyectos industriales asociados a terremotos inducidos hasta diciembre de 2025. De acuerdo con los datos citados por RT, el 31% de esos proyectos corresponde al fracking.
Sin embargo, ese porcentaje debe interpretarse con cautela: no significa que el 31% de todos los terremotos del planeta sean consecuencia del fracking, sino que se refiere a proyectos industriales incluidos en una base específica de eventos de sismicidad inducida.
Y aquí aparece una de las principales discusiones científicas: ¿cuánto riesgo sísmico adicional genera realmente una operación de fracturación hidráulica en una determinada zona?
¿Y los grandes terremotos?
En este punto, la evidencia disponible es mucho más contundente.
No existe actualmente evidencia que permita atribuir al fracking los grandes terremotos de magnitud 7 o superior registrados recientemente en Sudamérica.
En el caso del terremoto de magnitud 7,4 ocurrido en Colombia, RT señala que el epicentro se ubicó a unos 103 kilómetros de profundidad y que el fenómeno fue atribuido al movimiento natural de las placas tectónicas.
El propio USGS sostiene que no existe evidencia de que las operaciones vinculadas con la extracción de hidrocarburos hayan provocado un terremoto de esa magnitud. Pero hay una frase que mantiene abierta la discusión: la institución tampoco afirma que esa posibilidad pueda descartarse absolutamente.
La discusión que también alcanza a Vaca Muerta
El debate no es ajeno a la Argentina.
El país está aumentando rápidamente su producción de petróleo y gas a partir del desarrollo de Vaca Muerta, donde la fracturación hidráulica constituye una herramienta central para extraer hidrocarburos no convencionales.
La discusión ambiental, por lo tanto, no pasa solamente por cuánto petróleo y gas puede producir Argentina, sino también por qué efectos puede generar a largo plazo una explotación intensiva del subsuelo.
La pregunta que queda abierta es incómoda pero necesaria: si la actividad humana puede generar sismos pequeños y, bajo determinadas condiciones geológicas, favorecer terremotos de mayor magnitud, ¿qué nivel de riesgo sísmico debería considerarse aceptable antes de expandir todavía más el fracking?
Por ahora, la evidencia científica permite afirmar que existe sismicidad inducida vinculada con actividades de la industria hidrocarburífera, pero no permite afirmar que el fracking sea responsable de los grandes terremotos naturales que sacuden regiones tectónicamente activas.
La polémica, sin embargo, está lejos de terminar. Y mientras la producción de hidrocarburos no convencionales se expande en América —con Vaca Muerta como uno de los grandes proyectos en desarrollo—, una pregunta seguirá sobre la mesa:
¿Estamos simplemente aprovechando una enorme reserva de energía bajo nuestros pies o también estamos alterando, aunque sea en una pequeña escala, el equilibrio geológico del subsuelo?



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