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Sueños y pesadillas

7 ene
3 min de lectura

Es peligroso lo que está ocurriendo en el mundo con esta vuelta a la ley de la selva. El salvajismo parece convertirse en el nuevo orden global. Un anarco-salvajismo que describe con crudeza la lógica que hoy exhiben potencias como Estados Unidos y Rusia: todo está permitido si se tiene más poder, más armas y más fuerza que el otro. La historia ya recorrió este camino en varias ocasiones y casi siempre desembocó en finales trágicos.

Para millones de venezolanos, el sueño se cumplió: cayó el tirano. Para una gran parte del país, Nicolás Maduro fue un dictador que nunca debió haber llegado a la presidencia y que ejerció períodos de crueldad extrema durante su mandato, con asesinatos, presos políticos y la construcción de un Estado sin derechos elementales.

El sueño se concretó en la madrugada del tercer día del año, con una operación de Estados Unidos eficaz, precisa y quirúrgica: un golpe perfecto, soñado durante años por quienes padecieron el régimen.

Hay que destacar que Maduro ya no contaba con respaldo entre sus pares regionales. Líderes como Lula da Silva, Gabriel Boric, Gustavo Petro e incluso Cristina Fernández de Kirchner le habían solicitado abrir las urnas para demostrar la legalidad de su victoria en las últimas elecciones. Nada de eso ocurrió. A partir de allí, Maduro comenzó a quedar aislado, en un estado de debilidad extrema y con una dependencia cada vez mayor de Rusia y China.

Ambos países atraviesan conflictos profundos: Rusia por la invasión a Ucrania; China, por una guerra económica con Estados Unidos que sacude al mundo. En ese contexto, el golpe contra Maduro venía madurando. Sobre todo por la pérdida real de la posición que ocupaba en el mapa internacional. El exmandatario parecía desconectado de la realidad, una condición frecuente en líderes que acumulan demasiados años en el poder.

Volviendo al sueño venezolano, es importante remarcar que la noticia fue celebrada en todo el mundo. Al menos, hasta que habló Donald Trump.

La pesadilla

Una porción importante de los venezolanos continúa festejando la captura de Maduro, pero no logra comprender por qué se dejó al mando del país a un equipo ultrachavista que sigue controlando, casi sin cambios, los hilos de la política y la economía. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? Las preguntas encuentran algunas respuestas en las declaraciones de Marco Rubio, quien sostuvo que la normalidad volverá a Venezuela con el tiempo y que la idea es llevar adelante una transición lo menos traumática posible.

Quien terminó de despejar las dudas fue el propio Trump. Sus discursos giran en torno al petróleo, el dinero, las inversiones, los buques y los socios estratégicos, evitando cuidadosamente hablar de un cambio de régimen, tan reclamado por los millones de venezolanos que el 3 de enero se despertaron con la mejor noticia de sus vidas.

¿Todo es por el petróleo? Todo indica que sí. De lo contrario, Trump no habría minimizado el rol de María Corina Machado. Aquellos que soñaban con un país democrático, con venezolanos trabajando para el bienestar de su propia nación, empiezan a ver cómo ese sueño se diluye. Día tras día, la transición avanza aceleradamente desde una esperanza placentera hacia una pesadilla inquietante. Nada se parece a lo que imaginaron millones de venezolanos: el régimen sigue vigente, el petróleo continúa en manos extranjeras y Venezuela permanece sumida en la pobreza.

No hace falta ser un analista experto para comprender esta nueva realidad global. La pandemia fue el detonante del surgimiento de este salvajismo anárquico: el mundo fue testigo de la ineptitud del sistema frente a un virus. Allí comenzó la fractura. Allí Rusia decidió desobedecer las leyes internacionales. Allí Trump perdió las elecciones y regresó con promesas extremas. Allí se produjeron reuniones impensadas, con criminales de guerra condenados por tribunales internacionales y con otros recibidos en la propia Casa Blanca.

Es un mundo muy distinto al que soñábamos. La tan proclamada libertad parece reservada únicamente para los más fuertes. ¿Cómo suelen terminar estos procesos? Generalmente, con violencia, revoluciones y matanzas. No es un sueño. Es una pesadilla.

Antes lo era con Maduro.Ahora, también lo será sin Maduro.





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