"Todo es plata y nada más": El nuevo sistema comienza a morir antes de nacer
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Mucho discurso, poca batalla
La llamada batalla cultural terminó siendo, en muchos casos, una batalla virtual: tuits, publicaciones en redes, memes y frases contundentes. Poco más.
Mientras tanto, las estructuras del poder siguen funcionando como siempre: privilegios, viajes oficiales, viáticos y una distancia cada vez mayor entre quienes gobiernan y quienes viven la realidad cotidiana.
Por eso el episodio de Adorni no es un hecho menor. No solo porque se trata de un funcionario importante, sino porque era —hasta hace poco— una de las voces más combativas del gobierno.
Una voz sarcástica, que hablaba casi en nombre del presidente y que retaba a todo el arco opositor desde un supuesto nuevo sentido común.
Hoy, ese mismo sentido común parece empezar a mostrar sus contradicciones.
Nuevo desorden mundial
El mundo atraviesa una situación difícil de explicar, aunque desde algunos sectores se insiste en presentarla como un “cambio de época”. Tras el fracaso de un sistema que terminó de resquebrajarse durante la pandemia, comenzó a instalarse otro. No llegó con tanques ni con revoluciones, sino a través de una nueva dialéctica que intenta imponer un sentido común diferente.
Ese nuevo sentido común se sostiene sobre una meritocracia muchas veces falsa, que atraviesa todas las lógicas posibles para instalar una sola verdad: lo único que importa es la plata.
Con ese paradigma comenzaron a actuar distintos gobiernos. Desde Estados Unidos hasta nuestro país, pasando por provincias y municipios, la lógica parece repetirse: todo se mide en términos de negocios, rentabilidad y poder.
Quiero petróleo, saco a Maduro y todo sigue igual en una Venezuela antidemocrática. Quiero que suba el precio del petróleo, entonces comienza una guerra en Irán y el barril se dispara. Todo gira alrededor del dinero. Poco importan las 80 personas que murieron durante la llamada “operación especial” en Venezuela o las 160 niñas que fallecieron al instante tras el primer bombardeo sobre Teherán.
La lógica es simple: todo vale si el resultado es más plata. Tambien si desaparece por un tiempo de la agenda periodística el caso de Epstein, justo en un año electoral en los EEUU.
El reflejo argentino
Ese mismo esquema se replica a nivel nacional. En Argentina, la política también parece haber adoptado esa lógica donde todo se convierte en negocio.
Al presidente Javier Milei le costó reconocer que se equivocó con el tema de la criptomoneda Libra. Era plata fácil. Poco importaba que se tratara de la investidura presidencial promocionando una dudosa cripto que hoy incluso está bajo investigación por la presunta participación del propio mandatario en el negocio.
Cambio de discurso
De golpe, muchos de los que hasta hace apenas dos años defendían la importancia del Estado y de sus políticas públicas cambiaron el discurso. Se alinearon con la nueva narrativa oficial y comenzaron a hablar de eficiencia, ajuste y guiños al sector privado.
Mientras tanto, muchos impuestos nacionales desaparecieron, pero crecieron los provinciales y municipales. Fue, en los hechos, una modificación silenciosa de la coparticipación: la Nación baja impuestos y se queda con la bandera discursiva del alivio fiscal, mientras las provincias y los municipios aumentan su recaudación en sus propios territorios.
Para el ciudadano común nada cambió. Antes pagaba más por un impuesto nacional; ahora paga más por uno provincial o municipal.
La batalla cultural
Todo esto se presenta como parte de la llamada “batalla cultural”, uno de los grandes slogans del libertarismo. Una batalla que prometía terminar con los privilegios de la política y con la famosa “casta”.
Pero dos años después, los resultados parecen distintos a lo que se prometía.
Los gobiernos siguen con privilegios, viáticos, sueldos altos y cada vez más alejados de la realidad cotidiana de los ciudadanos.
La única “casta” que realmente perdió durante el gobierno de Milei fue la de los empleados públicos. Mientras los funcionarios, diputados, senadores, legisladores provinciales y consejeros lograron mejorar sus ingresos, los estatales quedaron rezagados.
Para Milei, la casta no son los políticos. La casta parecen ser los trabajadores del Estado.
El caso Adorni
Un ejemplo claro de esta contradicción quedó expuesto con el reciente escándalo que involucra a Manuel Adorni.
La controversia surgió cuando se conoció que su esposa viajó en el avión presidencial durante una gira oficial a Nueva York, lo que generó pedidos de informes y críticas desde la oposición. El propio funcionario explicó que deseaba que lo acompañara durante el viaje y aseguró que no implicó un costo adicional para el Estado.
Sin embargo, el caso golpeó de lleno en el corazón del relato libertario: el de terminar con los privilegios de la política.
Hay muchos que aseguran que Javier Milei no es parte de la casta y que el verdadero problema está en su entorno. Pero algo muy similar ocurría con Cristina Kirchner. Su militancia la defendía con fervor y nunca aceptó las acusaciones de corrupción, a pesar de las numerosas instancias judiciales y de la condena final.
La defensa que hoy hace Milei de Manuel Adorni no resulta razonable. Puede ser entendible en un barrio, donde a un amigo se lo defiende incluso cuando se equivoca. Pero no es normal en alguien que ocupa la máxima responsabilidad política del país.
En definitiva, se trata de defender exactamente aquello que durante años se criticó. Y cuando eso ocurre, la coherencia empieza a desmoronarse.
Todo esto sucede, además, en medio de una crisis internacional que podría arrastrar a la Argentina a una nueva escalada inflacionaria. La única batalla que el gobierno parecía tener casi ganada —la de la inflación— corre ahora el riesgo de empezar a desmoronarse. A esto se le pueden sumar las dudas que generaron en la sociedad la reforma laboral y la ley de glaciares. El sistema comienza a perder aceite en una ruta que hasta hace poco parecía no tener sobresaltos, especialmente después del triunfo conseguido en octubre.
Todo ocurre por un solo motivo: la idea de que “lo único que importa es el negocio y la plata”. Una lógica que suele ser propia de una mirada individualista, ambiciosa y muchas veces desconectada de la realidad cotidiana de las familias.



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