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A 23 años del Kirchnerismo. El 25 de mayo de 2003 asumía Néstor Kirchner

  • hace 2 días
  • 2 Min. de lectura

Un 25 de mayo de 2003, con un país que crujía tras la crisis de 2001, un casi desconocido gobernador de Santa Cruz rompía todos los protocolos políticos y de seguridad para dar inicio a un ciclo que transformaría la historia argentina reciente.

El almanaque marcaba el 25 de mayo de 2003. La Argentina arrastraba los pies tras el estallido social, económico y político de diciembre de 2001. En ese escenario de desconfianza generalizada hacia la dirigencia, un hombre del sur profundo, Néstor Carlos Kirchner, entraba al Congreso de la Nación para jurar como el 54º presidente de los argentinos. Lo hacía con una debilidad de origen inédita: apenas el 22,24% de los votos, consagrado tras la renuncia de Carlos Menem a disputar la segunda vuelta electoral.

El discurso: "No voy a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada"

Frente a la Asamblea Legislativa, Kirchner pronunció un discurso que combinó realismo crudo con una fuerte impronta ideológica. Lejos de la solemnidad tradicional, sintonizó con el clima de época y le habló directamente a la sociedad herida por el desempleo y la pobreza.

Su frase más recordada se convirtió de inmediato en la declaración de principios de su gestión: "Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada".

En poco más de 45 minutos, el nuevo mandatario trazó los ejes de lo que vendría: la necesidad de un Estado fuerte, la reactivación de la industria nacional, la renovación de la Corte Suprema y una política de Derechos Humanos basada en la memoria, la verdad y la justicia.

El corte en la frente: el primer quiebre de protocolo

La jornada dejó una de las postales más simbólicas y repetidas de la historia política contemporánea. Tras recibir la banda y el bastón de mando de manos del presidente saliente, Eduardo Duhalde, Kirchner se subió al auto presidencial junto a su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, para dirigirse a la Casa Rosada.

A mitad de camino, sobre la Avenida de Mayo, el santacruceño ordenó frenar el vehículo. Desafiando a los custodios y al sentido común de la seguridad civil, caminó directo hacia las vallas para fundirse en un abrazo con la gente. En medio del descontrol de la multitud y los fotógrafos, la lente de una cámara de televisión lo golpeó accidentalmente en la frente.

El presidente ingresó a la Casa de Gobierno con un apósito y la camisa manchada de sangre, pero con una sonrisa. Ese "baño de multitudes" funcionó como un bautismo político: el mensaje implícito era que el nuevo poder se construiría en la calle y de cara a los ciudadanos, buscando suplir con legitimidad de gestión los votos que le habían faltado en las urnas.

 El nacimiento de una era

Aquella tarde de mayo comenzó un proceso político que, entre aciertos y controversias, reconfiguró el mapa partidario de la Argentina por las siguientes dos décadas. Néstor Kirchner asumió con más desocupados que votos, pero ese 25 de mayo de 2003 demostró que su estilo de construcción política estaría marcado por la audacia, el conflicto y la mística.

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