El "exitoso fracaso" de la marcha
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La semana estuvo marcada por una nueva marcha universitaria en todo el país. Según los organizadores, participaron alrededor de un millón y medio de personas, lo que la convirtió en la movilización más multitudinaria de las cuatro realizadas hasta el momento.
El Gobierno reaccionó en consecuencia. ¿Qué hizo?Optó por atacar a los organizadores con planillas de Excel, difundiendo listas de supuestos sueldos millonarios de rectores, además de reinstalar temas ya conocidos: el cobro a estudiantes extranjeros y la ausencia de las famosas auditorías.
Cómo fracasar a pesar de movilizar millones de personas
Mientras las marchas sigan integradas por opositores y sindicalistas, el Gobierno permanecerá tranquilo. No se le moverá un músculo y continuará contando con el respaldo de su núcleo duro para sostener el ajuste sobre las universidades.
Tras la cuarta movilización impulsada por sectores ligados al vicerrector de la UBA, Emiliano Yacobitti, y sus aliados circunstanciales, surge una pregunta incómoda para la conducción universitaria: ¿qué consiguieron hasta ahora?
El oficialismo ya parece entrenado para soportar insultos y críticas despiadadas. Saben que la tensión dura dos días antes y tres días después de cada marcha. Luego, todo “vuelve a la normalidad” y la espuma universitaria se acomoda nuevamente a la agenda diaria sin mayores sobresaltos. El sistema continúa funcionando con lo que hay.
Además, las tres marchas anteriores tuvieron enorme repercusión mediática, pero en octubre de 2025, en las urnas, volvió a imponerse Javier Milei. Por eso puede decirse que la movilización fue otro "exitoso fracaso". El propio Gobierno ya dejó en claro que, aunque salgan cinco millones de personas a la calle, el rumbo del ajuste no cambiará.
También fracasó el Gobierno.
Sin embargo, el Gobierno también salió golpeado de esta situación, aunque mantenga el mismo rumbo y actúe como si nada ocurriera.
En las marchas comenzaron a aparecer personas que votaron a Milei. En entrevistas televisivas y simplemente observando alrededor durante la movilización, podían verse ciudadanos descontentos que no suelen participar en protestas antigubernamentales.
Estas marchas ya dejaron de ser únicamente manifestaciones universitarias y se transformaron en movilizaciones anti Milei. La adhesión de sectores tradicionalmente antikirchneristas empieza a resquebrajar la barrera del núcleo semiduro del mileísmo.
Perdió la sociedad
Ver a millones de personas en las calles manifestándose, en lugar de estar en las aulas, resulta profundamente preocupante. Presenciar esta escena por cuarta vez ya es directamente catastrófico.
La sociedad parece haberse acostumbrado a estas marchas sin consecuencias concretas. Total, casi no generan daño económico y los cánticos ya no incomodan a nadie. Frases como “Milei basura, vos sos la dictadura” o “Universidad de los trabajadores” dejaron de producir impacto social.
La sociedad perdió esta batalla. La educación ya no parece importarle a casi nadie. El Gobierno y buena parte de la sociedad reaccionan cuando hay paro de aeronáuticos o del transporte público. Ahora bien, ¿a quién le mueve un pelo que no haya clases? A muy pocos, salvo a algunos docentes y estudiantes. Perdimos todos.
En definitiva, los gobiernos suelen ser un reflejo bastante fiel de la sociedad de su tiempo: de sus contradicciones, de sus formas de actuar y también de su tolerancia frente a determinadas injusticias. Así fue hace 4, 8, 16 o 20 años. Los gobiernos representan, en mayor o menor medida, el sentido común predominante de cada época.
Si un gobierno que para muchos carece de sentido común es elegido por amplia mayoría, entonces quizás sea porque expresa precisamente el sentido común de esa mayoría circunstancial.
Hoy parece instalarse una lógica brutal: si alguien está tirado en el piso, probablemente “algo habrá hecho”. Una explicación simple para justificar cualquier desigualdad. ¿No tenés plata? Es porque no trabajás. ¿Trabajás y no te alcanza? Entonces elegiste mal tu profesión. El Estado no debería hacerse cargo de los errores individuales. Poco importa que las reglas del juego hayan cambiado de un día para el otro.
“Ahora las reglas las pongo yo y serán así hasta que me vaya”. Ese parece ser el espíritu de época que refuerza una idea cada vez más evidente: en Argentina no existen políticas de Estado duraderas. Cada cuatro años elegimos a un rey distinto para que administre el país a su antojo. Y eso, más que una consigna política, es una verdadera tristeza.
Editorial: Simon Telechea, Diario La Verdad



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