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“No estás solo” El milagro navideño, a veces, está a tu alcance. Son gestos que despiertan otros gestos.

  • Simon Telechea
  • 24 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

En la víspera de Navidad, cuando el calor del verano se pegaba a las veredas y la ciudad parecía apurarse para llegar a la mesa familiar, Elena caminaba con una bolsa de pan duro bajo el brazo. Vivía en una pieza prestada, trabajaba por horas limpiando casas y apenas lograba juntar lo justo para pasar el día. No tenía árbol, ni luces, ni regalos. Solo un corazón atento.

Al doblar por una plaza casi vacía, vio a Don Raúl, un hombre en situación de calle, sentado en un banco de cemento. Tenía una manta gastada, la barba crecida y la mirada perdida en algún recuerdo. A su lado, un vasito de plástico vacío y un cartel escrito con birome: “No pido dinero”.

Elena dudó un instante, pero algo más fuerte la empujó a sentarse junto a él.

—Felices Fiestas —le dijo, como si se conocieran de siempre.

Don Raúl levantó la vista, sorprendido.

Tras un breve silencio, Elena se acomodó a su lado y comenzó a hablarle del calor, del barrio, de la vida que había sido y de la que todavía podía ser. Luego sacó de su bolso una mandarina y la partió en dos. El olor fresco llenó el aire y, por un instante, la plaza pareció menos triste.

Don Raúl sonrió. Una sonrisa tímida, torpe, pero real.

—¿Sabés cuál es el mejor regalo? —preguntó Raúl—. No sentirse solo.

Ya era tarde. Elena todavía debía llegar a su casa. Cuando se levantó para irse, algo inesperado ocurrió. Un grupo de vecinos que había observado la escena desde lejos se acercó. Uno trajo una vianda, otro una manta limpia, una mujer ofreció llevar a Don Raúl a un refugio cercano. La soledad, que hasta hacía minutos parecía eterna, empezó a romperse como una cáscara frágil.

El milagro no fue dinero, ni techo, ni abundancia.

El milagro fue ese gesto pequeño que encendió otros gestos.

El milagro fue que una persona pobre, con casi nada, logró regalar lo único que ese hombre realmente necesitaba: presencia, no estar solo.

Esta Navidad, Elena la pasará con su familia y el alma llena.

Don Raúl, rodeado de voces y miradas humanas, esta noche, por primera vez en mucho tiempo, no mirará al cielo con bronca, sino con gratitud. Elena le hizo entender que todavía había un lugar para él en el mundo.

Porque, a veces, el verdadero milagro navideño no cae del cielo: se sienta en un banco y dice “no estás solo”.

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