Ser "Petroka" pero con mucha responsabilidad
- hace 2 días
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Hace apenas diez años, si uno le preguntaba a cualquier persona culta o informada qué imagen le venía primero a la cabeza al pensar en Río Negro, probablemente respondería: verde, viento, montañas, nieve, lagos, ríos, mar, peces, manzanas, peras, frutas de carozo y frutas finas. Todo asociado a la naturaleza visible, a lo que estaba al alcance de la vista y formaba parte de la identidad histórica de la provincia.
Una década después, muchas de esas imágenes comenzaron a convivir con otras muy distintas: petróleo, gasoductos, minería, rutas, camiones y puertos energéticos. Sigue siendo naturaleza, pero ya no la que se ve sobre la superficie, sino la riqueza escondida debajo de la tierra. Recursos que durante décadas estuvieron latentes y que hoy aparecen como la gran promesa económica de Río Negro y de toda la Patagonia.
La posibilidad de transformarse en corredor estratégico para el tránsito del gas y del petróleo hacia el mundo modificó no solo la economía regional, sino también el discurso político. La decisión del gobierno rionegrino de avanzar hacia un perfil fuertemente ligado a los hidrocarburos y la minería obligó a recalcular posicionamientos históricos. Hasta hace pocos años era extraño escuchar a dirigentes hablar abiertamente de extracción de oro o petróleo en campañas electorales. Eran temas lejanos para gran parte de la sociedad y muchas veces asociados a una idea casi “piratesca” de riqueza inaccesible, reservada para grandes empresas y sectores concentrados.
Hoy el panorama cambió. En prácticamente todos los discursos aparece la producción hidrocarburífera y minera como el nuevo motor económico regional. Mientras tanto, actividades históricas como la fruticultura comienzan a mostrar señales de agotamiento y retroceso. La ecuación económica es simple: muchos servicios vinculados al petróleo y la minería resultan mucho más rentables y menos riesgosos que sostener una chacra productiva.
Es innegable que el Alto Valle, la Línea Sur y el Golfo San Matías ya viven otra realidad. Una transformación que exige un abordaje diferente, especialmente para los productores tradicionales que desde hace décadas mantienen vivas las chacras mientras observan cómo circulan millones de dólares sobre camiones, rutas y gasoductos.
Por eso, muchos sectores plantean que deberían existir incentivos concretos y sostenidos para sostener la producción frutícola al menos durante la próxima década, mientras termina de consolidarse el desarrollo hidrocarburífero y minero. El temor no es menor: que cientos de productores terminen vendiendo sus chacras para construir edificios, hoteles o empresas de servicios y que, en un futuro donde la demanda energética mundial cambie de rumbo, la región pierda definitivamente su matriz productiva histórica.
Porque el mundo cambia rápido. Mucho más rápido de lo que cambiaba antes.
El petróleo sigue dominando el mundo, pero la transición energética ya comenzó
Durante más de cien años, el petróleo, el gas y el carbón impulsaron la economía global. Desde los automóviles hasta la industria pesada, pasando por la aviación, los fertilizantes y los plásticos, la civilización moderna se construyó alrededor de los combustibles fósiles.
Sin embargo, el crecimiento acelerado de las energías renovables abrió una discusión central para las próximas décadas: ¿pueden reemplazar realmente a las fuentes tradicionales?
La respuesta científica es clara: la transición energética ya comenzó, aunque el reemplazo total todavía está lejos.
La energía solar es hoy la fuente energética que más rápido crece en el planeta. A eso se suman parques eólicos, sistemas de almacenamiento con baterías e inversiones multimillonarias en redes eléctricas y electrificación del transporte.
En 2025 ocurrió un hecho considerado histórico por especialistas del sector energético: por primera vez en más de un siglo, las energías renovables superaron al carbón en generación mundial de electricidad. Actualmente, las fuentes renovables —principalmente solar, eólica e hidráulica— representan cerca de un tercio de toda la electricidad producida en el planeta.
Aun así, la dependencia mundial del petróleo sigue siendo enorme. El transporte marítimo, la aviación, la maquinaria pesada y gran parte de la industria petroquímica continúan dependiendo casi exclusivamente de combustibles fósiles. Además, millones de empleos y estructuras económicas enteras siguen ligadas a la explotación petrolera y gasífera.
Organismos internacionales sostienen además que la quema de petróleo, gas y carbón es la principal causa del calentamiento global moderno. El dióxido de carbono y las emisiones de metano provenientes de yacimientos y sistemas de extracción aparecen entre las mayores preocupaciones ambientales del presente.
¿Puede cambiar todo otra vez?
Los especialistas coinciden en que no habrá un “apagón” inmediato del petróleo. La transición será gradual y podría extenderse durante varias décadas. Las proyecciones más aceptadas indican que entre 2030 y 2050 las renovables dominarán gran parte de la generación eléctrica mundial, aunque el petróleo seguirá siendo clave en transporte e industrias pesadas durante muchos años más.
Pero el interrogante de fondo sigue abierto: ¿qué pasará después?
La historia demuestra que las revoluciones tecnológicas pueden modificar el mundo de manera inesperada y a velocidades impensadas. Hace apenas quince años las redes sociales recién comenzaban a aparecer; hoy condicionan prácticamente toda la vida cotidiana. Del mismo modo, la automatización, la inteligencia artificial y la revolución tecnológica aceleraron cambios profundos en apenas tres décadas.
Ese fenómeno también puede impactar sobre la industria petrolera.
Muchos países desarrollados avanzan hacia energías renovables no solamente por cuestiones ambientales, sino también para fortalecer su soberanía energética y reducir dependencia externa. En paralelo, continúan comprando petróleo y gas a países subdesarrollados, pero cada vez con estrategias más diversificadas.
Por eso, pensar en el futuro no es delirar. Es una obligación estratégica.
Río Negro atraviesa hoy una etapa de expansión económica ligada a los hidrocarburos y la minería que promete empleo, inversiones y crecimiento regional. Pero al mismo tiempo enfrenta el desafío de no abandonar completamente las actividades históricas que construyeron su identidad productiva.
Porque las oportunidades pueden cambiar. Y cuando el mundo cambia de rumbo, muchas veces lo hace más rápido de lo que parece.



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